LA LA LAND, o cómo pensar que jamás volverás a enamorarte como lo hiciste antes

La fábrica de ilusiones retoma la acción poética del musical, atacando con azúcar y un argumento sencillo la parte más emocional del espectador

RICARDO SEMPER

La ciudad de las estrellas (LA LA LAND) invade de cierto estupor hollywoodense clásico desde su inicio. La primera secuencia, matizada bajo un mismo plano, inyecta de sopetón toda la nostalgia por los musicales, desarrollando en su forma la actitud propia de este tipo de films, la cual trata de contrastar entre quienes adoran la suave contundencia de las canciones en las películas y aquellos espectadores que no se la tragan.

5de4dfc2853020f79d08fa2d1983b9201

Ryan Gosling, protagonista masculino, se debate entre el perfil de introvertido seductor al estilo Don Draper, pero con mechón deslizado, y el manido hombre-elemento que languidece su tristeza con una soberbia latente en cada una de sus acciones, también como Don Draper, aunque con unas piernas que consiguen enroscarse desde bien temprano, como buen Gene Kelly, a una farola.

El argumento en sí es una canción y a las veces un órdago a lo masticado durante décadas, con las presentaciones pertinentes que arrojan una suerte de leitmotiv en forma de bocina que encaja perfectamente entre cada una de las teclas de piano que Ryan dedica a una Emma Stone desorientada, como una Caperucita a la espera del lobo que la lleve al éxito a través de sus fauces. La paulatina entrada en contexto se compone de una necesidad imperante de mantener a los dos protagonistas enlazados y vivos, a pesar de los desesperantes acantilados que se les presentan en su interpretación, los cuales no son sino catapulta hasta la siguiente acción, y así todo el rato. La emocional (que no emocionante) Emma Stone, se conserva constantemente camaleónica, aunque paralela y sujeta al papel que recrea: Comienza al borde del abismo, y se reconduce, entre tropiezos y desilusiones, hasta lograr ser una Jessica Rabbit cuando se engalona, o tal vez una Alicia en el país de las Maravillas, entrando y saliendo de puertas que le conducen a situaciones, y también de Cenicienta moderada, en una búsqueda estereotipada del sueño logrado.

Sus ojos lloran y ríen durante toda la película, reforzados por primeros planos o planos americanos si el vestido es bonito. Sus labios, como el mechón de Ryan Gosling, se arquean junto con la secuencia que toque en ese momento. Con cada éxito y estancamiento, la hipnosis que provoca su boca paralela revive o paraliza la intensidad del relato. Su discutida belleza (para mí incontestable) provoca que aparezcan de repente ganas de aprender a bailar –con ella-.

Ambos protagonistas se queman en la relación que tienen con sus estipulados superiores y sus intentos de escalar más alto en sus lugares de trabajo (habidos o por haber). Salen malparados de toda acción de rebeldía que presenten en el discurso de la película, como un juego de simbologías que nos envuelve durante todo el largometraje, aunque sin estas vicisitudes ninguno de los dos tendría  las expectativas que consiguen lograr en  algunos momentos puntuales de la pieza.  Cierto es que cada uno avanza a su ritmo y  tiempo, aunque con una genialidad virtuosa  para coincidir en espacios y carácter, pero realmente no se adivinan demasiadas bifurcaciones por las que los personajes podrían perderse. En todo momento se puede vislumbrar el sendero que va a recorrer cada uno.

Todo lo vemos ambientado sobre un fondo estéticamente escenografiado e iluminado de forma tan selectiva como perfecta, cuidando los aparatosos aunque educados tránsitos entre los claros y los oscuros, consiguiendo siempre llevarnos la mirada hasta los protagonistas mediante un abanico extenso de metodologías de encuadre.

Los garitos, inevitablemente, cogen el aspecto de la nocturnidad y los espacios abiertos se reservan para puntos de inflexión razonada, excepto, claro, cuando es de noche. La poca luz les sienta bien a los protagonistas, que enfurecen y se enamoran cuando llegan las horas intempestivas, como si potencialmente retuvieran en su cronología un reloj biológico que se activase conforme aparece la noche. De forma periódica, ambos papeles dejan atrás a las personas de su entorno más cercano, haciendo que el relato obvie por necesidad a las personas que acompañan, en principio, las vidas de cada uno.

Como casi siempre, esta práctica termina por alejar al hombre de su entorno, dándole quizá migas de éxito, provocándole la muerte por asfixia en su pensamiento, haciéndole volver a unos pseudo-orígenes, mientras que la figura femenina, aupada por la cabezonería y servicial presencia del hombre, logra alzarse hasta los máximos, siendo ahora, como si de una cuestión de clase social se tratara, un ejemplo viviente de lo dicho anteriormente en cuanto a lo de dejar personajes atrás. Y atrás queda un piano, un mechón y ese mover de teclas que distorsiona el tiempo y enciende una llama que ya solo podremos ver en las últimas miradas en espejo de la película.

A pesar del pragmatismo, LA LA LAND es un abrazo al hedonismo aterciopelado que puede lograr conquistar los corazones de todo aquel que se adentre en este musical, aunque después le duelan los recuerdos personales y biográficos que inevitablemente el film hace que golpeen en la laringe del espectador con un pre final que desata todas las emociones guardadas en esa parte del cuello.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s