Las pieles de color pasteloso

La producción de Álex de la Iglesia encuentra cierta convergencia con Netflix a razón de Pieles, la nueva película cuyo engranaje le ha servido a de la Iglesia para actualizar su folleto. Hay que matizar que Netflix parece tragarse prácticamente todo lo que huele a tintineo de monedas según el país ejecutor. En este caso, la plataforma, que tan bien lo hace en muchísimos otros aspectos, se ha dejado llevar por las risas y el ruido de una muchedumbre sedienta de visiones que les resulten cotidianas, aunque hay que romper cierta baza por la intentona. El contraste nítido del productor, como siempre, despierta unas polaridades en su tratamiento del gusto de la plataforma, que se ha volcado en la adquisición de Pieles, el nuevo largometraje español que arriesga en su forma personalizando caracteres difíciles de desencajonar, como Eduardo Casanova. Tras su paso por Aída, el Fidel que todos conocemos se posiciona también detrás de la cámara, remarcando ese carácter perturbador de lo fáctico y llamando a una nueva corriente de libertad creativa para su discurso.

He aquí el sentido de la opinión que engloba este editorial. La carcasa de lo comerciable -o comercial- distingue la compra de contenido de Netflix, donde las dudas entre una parte de los abonados se centran en si darle más expansión y sentido de apertura a un mundo cinematográfico en el que títulos de Sundance tengan mayor relevancia que proyecciones “majors” y, otra parte de los clientes, prefieren dejarse de experimentos y ver lo mismo una y otra vez. Hay mucho cliente que vio y ve Aída por ostigación cultural, y que por ende, terminará viendo la pelí del mariquita ese de Aída.

En tanto el relato, punzante y rosa, plantea dilatadas formas de libertad sexual y popular, con ciertos escalones de surrealismo que traspapelan un doble fondo que, durante toda la película, el espectador espera encontrar. A través del humor, la comedia desatada y el rol circular de sus personajes, Pieles se consume en los arquetipos faltones y generales de la sociedad. Con los personajes, los directores juegan a mantenerlos cerca de una anagnórisis potencial que parece que nunca va a llegar dado su tratamiento superficial, como puede ser el mal trago por el que pasa un homosexual, los inmigrantes, las mujeres que son sexualizadas por el relato o la gente con gustos fuera de lo común. Pieles es un repaso por la subjetividad retrógrada, con una profundidad limitada por su propio sentido donde la acción se desarrolla en un universo tan subordinado al real como ficticio al ser imaginado. Es decir, de nuevo, la polarización de todos los aspectos sociales se remarca en las vivencias del film que sitúa unos hechos en “la vida real” y, otros, en la “vida imaginada” y ambientada con perfumes de colores, desconcertantes en ocasiones. Todo en versión española, instalando el cáncer patrio en el celuloide alimentando el tópico nacional que siempre aparece en el cine. Cañí dirían algunos. Conforme avanza el largometraje, se observa cómo la mano de de la Iglesia no se ha metido mucho en el guion, dejando a Casanova con muchos minutos por delante y pocas ideas a desarrollar. Es entonces cuando aparecen las malas pasadas del novato, con numerosas superficialidades y remarcados eufemísticos aunque pobres, pero que se salva por el último tercio de la proyección. Casanova consigue reunir todos los perfiles disparatados o contrastados en una explosión de divergencia personal y particular para cada personaje. Hasta los secundarios cobran forma y consiguen encajarse dentro de la atmósfera que irradia el film, como es la de superponer conceptos que en lo mundano serían catalogados como grotescos, cada vez más puntualizados en el campo que ocupa la apariencia física. Aparecen anos donde debieran haber bocas, señoras gordas y adolescentes con crisis cognitivas y nerviosas con deseos de pseudosuicidio entre sus cuerdas vocales. Para no herir ni manchar el guion de una lucha convencional frente a las críticas de la sociedad, aparecen grandes columnas visuales que pueden servir para salvaguardar la coherencia del consumidor base y contentar a aquellos sedientos de personajes conocidos. Carmen Machi, Jon Kortajarena, Carolina Bang y Macarena Gómez son casi  pilares maestros sobre los que se pretende asentar un relato sobredecorado en el que la estética intenta rellenar los huecos que deja la ya nombrada superficialidad del guion. No por ello el film se desprende de los grandes titulares que logra antes del ecuador de la película, los cuales son contundentes y fijan al espectador en la tónica del film, pero sí que se echa de menos a un Álex de la Iglesia que aparecerá más en los carteles que en la semiótica del largo. Casanova quiere innovar, no llega, pero llegará seguro.

Por ello, la capacidad de Netflix en cuidar y mimar el contenido, aunque la peli de Casanova solo sea un principio de ejemplo, se irá viendo a lo largo de las temporadas y de las cabalgadas de grandes series filón, pero lo que ahora mismo se puede apreciar es un desnivel en el que solo sale beneficiada la difusión de contenido cuyo rédito sea inmediato, sin que haga falta explicar quién es quién. Que si lo que quieren son colores pastel y medias lágrimas hipócritas, la claustrofóbica sordidez paleta será lo que se consuma.

Natalia Álvarez y Ricardo Semper

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