Este maricón me hará rico

CarnetRST

La doctrina que desprende el cine, por sudoración o por descubrimiento linterna en mano, en forma de secuencias ideológicas, estratégicamente clasistas o con una carga audiovisual capaz de hacer colapsar el raciocinio, tizna el film de una constante tendencia en las proyecciones de una época concreta. A las veces, podría llamársele moda, movimiento o algún simil relacionado con “las corrientes” que orientan lo que consume la masa del público. En este eco se encuentra ahora la tendencia, marea o corriente de moda en la gran pantalla de las producciones donde se visualiza de primera mano con derecho a roce el protagonismo LGTB en los principales actores o actrices de dicho relato, del mismo modo que estas características también son vistas en si el Día Internacional del Orgullo LGTB es necesario. A lo último yo diría que sí. El problema de lo primero,  en sí, y que valga para todo el texto, no es tanto la caracterización ni la puesta en funcionamiento del motor gay, sino que la problemática aparece cuando el meganarrador se desnuda y vemos que muchas abanderadas proyecciones gay tienen a un capitalismo masculino y sobreabarcador detrás de la cámara, sosteniendo el guion. Mi posición no es denunciar la sobreexplotación del mercado gay, que no lo es, sino desenmascarar al que se aprovecha del gran éxito y avance para enfundarse el disfraz de cordero, bajándose la cremallera cuando decide cómo será la secuencia y dejando ver sus fauces y pelo en la explicación y análisis de los argumentos que plantea.

El criterio de cada crítico queda salvaguardado por su soberbia o intelecto, por lo que cada visión puede cuestionarse o refrendarse con la única exigencia de ser poseedores de una razón fundada, así las opiniones de los sentidos más profundos de una película pueden divagar como divagan con La vida de Adèle, donde se puede apreciar los detalles cuidados para embellecer o humanizar las relaciones lésbicas, junto con un pensamiento con más profundidad donde se descubre que realmente no cuenta, como ninguna otra película o discurso, la realidad montada, editada y pensada que se ha pretendido difundir. Un sesgo, una subjetividad encapsulada en dosis de consumición diegética para instalarnos, a nosotros los consumidores, la forma y modo del amor en este tipo de relaciones. Pero no es algo nuevo, ni tan siquiera criticable por candente y potencial actualidad, es algo repetitivo, que nos devuelve al amor romántico, a un pleonasmo económico que también moldeó los arquetipos de los negros, los judíos (intensísimo debate fílmico), las mujeres (en constante proceso político y sociocultural), la cocaína y el rock.

Se permite, desde siempre, encajonar a base de gran producción. La realidad, en sí misma, no existe en el cine, ni en la vida, pues la concepción de cada perspectiva es asimilada por ingenuos que se conforman por conocer tan solo un lado del prisma.

RICARDO SEMPER

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